Friday, November 9, 2012

Sin Memoria

En catástrofes en la que gente pierde su casa vemos con frecuencia a los dueños de las ruinas que un día fueron su hogar buscando desesperadamente algo del pasado, algo que les sirva para recuperar parte de la memoria perdida con la tragedia. 



Solemos ver como algunos afortunados que con emoción muestran un álbum de fotos encontrado en algún lugar imposible. Otros, se conforman con  una foto estropeada, pero todos  se alegran diciendo que no lo perdieron todo, que al menos han conservado algo que les pertenece. 

Es paradójico, pero hoy, en la era de las comunicaciones, en la época en la que se hacen fotografías de cada instante, hasta de los momentos más impensables, vive la primera generación en la que muchos posiblemente no tendrán memoria fotográfica. Se almacenan fotos que nunca se imprimirán, que sólo se guardan en soportes temporales que en lugar de garantizar su duración, garantizan su pérdida. 

La fotografía siempre ha invertido enormes esfuerzos en procurar la durabilidad del registro fotográfico en negativos o en copias de seguridad. Antes perder una placa o un carrete de fotos era perder algo. Hoy, perder un disco duro puede implicar perderlo todo. 

Al mismo tiempo que perdemos la intimidad de nuestra memoria fotográfica al exhibiría casi en directo, también perdemos su archivo. Salvo en el caso de profesionales diligentes o de gente precavida, pronto, la imagen de la catástrofe será una persona sosteniendo impotente un estropeado disco duro,  queriendo decir que allí esta su memoria ahora perdida. En unos años podremos ver a la primera generación que perdió la memoria y una generación sin memoria, aunque sea la memoria fotográfica no puede ser una buena cosa.

Está bien tener copias de todo en la nube, pero sería también interesante recuperar la costumbre de imprimir algunas de nuestras fotos y de utilizar la oportunidad que nos brinda la tecnología para ello y sobre todo de volver a recuperar el valor de seleccionar las imágenes. Sería bueno volver a los momentos en los que mirábamos las fotos más de una vez para decir aquello tan típico de "qué jóvenes éramos entones". Quizá entonces descubramos el valor de una fotografía irrepetible que contiene más memoria que las miles de fugaces imágenes que nos rodean a diario. Quizá entonces también recordemos que el valor del archivo reside en esa idea de la memoria que nos enseña a caminar en el futuro y no tanto en el recuerdo que nos ancla al pasado. No se puede viajar si hace con muchos recuerdos y con poca memoria.